Ana Karenina
Ana Karenina
–De no inspirarme pena dejar esto, tan bien arreglado y en lo que he puesto tantos afanes, lo habrÃa abandonado todo, vendiéndolo y marchando como hizo Nicolás Ivanovich. SÃ, me habrÃa ido a oÃr «La bella Elena» –dijo el propietario con una sonrisa agradable que iluminó su rostro viejo a inteligente.
–Pero cuando no lo deja –dijo Nicolás Ivanovich Sviajsky– es señal de que le va bien.
–Me va bien porque la casa donde vivo es mÃa, porque no he de comparar nada ni alquilar brazos para el trabajo, porque no he perdido aún la esperanza de que el pueblo acabe desarrollando sensatez. Pero ¿han visto ustedes qué manera de beber, qué libertinaje?… Todos han repartido sus bienes… Nadie posee un caballo ni una vaca. Se mueren de hambre, pero tome usted a uno como jornalero y verá cómo aprovecha la primera ocasión para estropeárselo todo y le demanda todavÃa ante el juez.
–Pues la solución es que también le demande usted –dijo Sviajsky.
