Ana Karenina

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Al tratar del asunto con los aldeanos proponiéndoles el arriendo de la tierra en nuevas condiciones, Levin hallaba el mismo obstáculo esencial: estaban tan ocupados en las tareas que no tenían tiempo para pensar en las ventajas o desventajas de la empresa.

El ingenuo Iván, el vaquero, pareció comprender muy bien la proposición de Levin de participar él y toda su familia en las ganancias de la vaquería, y manifestó al punto su conformidad. Pero cuando Levin le explicaba las ventajas del nuevo sistema, el rostro del campesino expresaba inquietud y pesar y, para no escucharle hasta el fin, pretextaba algún trabajo inexcusable: o bien había de echar pienso a la vaca madre, o llevar agua o barrer el estiércol.

Otra dificultad consistía en la invencible desconfianza de los aldeanos, que no podían creer que el propietario persiguiese otro objeto sino sacarles lo más posible. Estaban seguros de que su verdadero fin lo callaba y que sólo les decía lo que mejor convenía a sus planes.

Ellos, al explicarse, hablaban siempre mucho, pero nunca decían lo que se proponían en realidad. Además –y Levin pensaba que el amargado propietario tenía razón– los aldeanos imponían siempre como condición inexcusable de cualquier trato que no se les obligaría a emplear en el trabajo nuevos métodos ni nuevas máquinas.


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