Ana Karenina
Ana Karenina –Por aquÃ, Excelencia, tenga la bondad. Aquà no importunará nadie a Su Excelencia –decÃa el camarero tártaro que con más ahÃnco seguÃa a Oblonsky y que era un hombre grueso, viejo ya, con los faldones del frac flotantes bajo la ancha cintura–. Haga el favor, Excelencia –decÃa asimismo a Levin, honrándolo también como invitado de Esteban Arkadievich.
Colocó rápidamente un mantel limpio sobre la mesa redonda, ya cubierta con otro y colocada bajo una lámpara de bronce. Luego acercó dos sillas tapizadas y se paró ante Oblonsky con la servilleta y la carta en la mano, aguardando órdenes.
–Si Su Excelencia desea el reservado, podrá disponer de él dentro de poco. Ahora lo ocupa el prÃncipe Galitzin con una dama… Hemos recibido ostras francesas.
–¡Caramba, ostras!
Esteban Arkadievich reflexionó.
–¿Cambiamos el plan, Levin? –preguntó, poniendo el dedo sobre la carta.
Y su rostro expresaba verdadera perplejidad.
–¿Sabes si son buenas las ostras? –interrogó.
–De Flensburg, Excelencia. De Ostende no tenemos hoy.
–Pasemos porque sean de Flensburg, pero ¿son frescas?