Ana Karenina
Ana Karenina Ordenó vender el trigo, envió a su encargado a cobrar en casa del comprador y salió a recorrer la propiedad para dar las últimas instrucciones antes de marchar al extranjero.
Lo arregló todo y, mojado del agua que le chorreaba sobre su gabán de cuero, filtrándosele por el cuello y por las aberturas de las botas, pero en excelente estado de ánimo, regresó a casa por la tarde.
El tiempo empeoró más aún por la noche. El granizo castigaba de tal modo al caballo, ya empapado, que el animal marchaba de lado, sacudiendo la cabeza y las orejas.
Pero Levin se sentía a gusto bajo su capucha y miraba alegremente, ora los turbios arroyos que corrían por las rodadas, ora las gotas de lluvia que pendían de cada ramita seca, ora las manchas blancas del granizo no fundido sobre las tablas del puente, ora las hojas, abundantes aún, de los olmos, que rodeaban de una capa espesa los troncos desnudos.
A pesar del tono sombrío de la naturaleza circundante, Levin se sentía agradablemente excitado. Su conversación con los labriegos en el pueblo lejano le había mostrado que iban acostumbrándose al nuevo orden de cosas.