Ana Karenina
Ana Karenina
Levin había observado que cuando los hombres extreman su condescendencia y docilidad hasta el exceso no tardan en hacerse insoportables con sus exigencias y su susceptibilidad exageradas, y tenía la sensación de que así había de suceder también con su hermano.
Y, en efecto, la docilidad de Nicolás duró poco. Desde la mañana siguiente volvió a mostrarse irritable y se aplicaba a buscar pendencias con su hermano, hiriéndole en los puntos más delicados de su sensibilidad.
Levin, sin poderlo remediar, se sentía culpable. Adivinaba que, de no haber fingido y de haberse hablado ambos, como se dice, con el corazón en la mano, esto es, expresando sinceramente los pensamientos y sentimientos, se habrían mirado a los ojos el uno al otro y Constantino habría pronunciado una interminable retahíla de «Vas a morir, a morir, a morir… », mientras Nicolás le habría contestado siempre: «Lo sé y tengo miedo, tengo miedo… ».
