Ana Karenina
Ana Karenina
Todos participaban en la conversación general excepto Kitty y Levin.
Este, al principio, cuando se habló de la influencia de un pueblo sobre otro, pensó que podrÃa opinar sobre el tema. Pero aquellas ideas, que antes le parecÃan de tanta importancia, pasaban ahora como un sueño por su cerebro sin despertar en él el menor interés. Incluso le pareció extraño que hablasen tanto de lo que a nadie le importaba.
Kitty, a su vez, encontraba interesante habitualmente la cuestión de los derechos femeninos. ¡Cuántas veces pensaba en esto, recordando a su amiga del extranjero, Vareñka, y su penosa dependencia; cuántas veces meditaba en lo que podÃa ser de ella de no casarse, y cuántas veces habÃa discutido el asunto con su hermana!
Pero ahora todo ello la tenÃa sin cuidado. Hablaba con Levin, o mejor dicho no hablaba; sólo mantenÃa con él una especie de misteriosa comunicación que cada vez les acercaba más, despertando en ambos un sentimiento de gozosa incertidumbre ante el mundo desconocido en que se disponÃan a entrar.
Al iniciar su conversación, Levin, contestando a Kitty, le dijo que la habÃa visto el año pasado en el coche cuando él regresaba a su casa por el camino real, de vuelta de las faenas del campo.
