Ana Karenina

Ana Karenina

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–No importa. Pondremos abajo una alfombra blanda y te recogeremos en ella. Ya comprendo que no puedes decidirte a exponer lo que deseas, lo que sientes…

–No deseo nada, nada… Sólo deseo que esto acabe lo más pronto posible.

–Pero él lo ve y lo sabe. ¿Y crees que sufre menos que tú soportándolo? Tú sufres, él sufre… ¿En qué puede terminar esto? En cambio, el divorcio lo resuelve todo –terminó, no sin un esfuerzo, Esteban Arkadievich,

Y, tras haber expuesto su principal pensamiento, la miró de un modo significativo.

Ana, sin contestar, movió negativamente su cabeza, con sus cabellos cortados. Pero él, por la expresión del rostro de su hermana, súbitamente iluminado con su belleza anterior, comprendió que si ella no hablaba de tal solución era sólo porque le parecía una dicha inaccesible.

–Os compadezco con toda mi alma. Sería muy feliz si pudiese arreglarlo todo –dijo Esteban Arkadievich sonriendo ya con más seguridad–. No, no me digas nada… ¡Si Dios me diera la facilidad de expresar a tu marido lo que siento y convencerle! ¡Voy a verle ahora mismo!

Ana le miró con sus ojos brillantes y pensativos y no contestó.

 


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