Ana Karenina
Ana Karenina Kitty sabÃa que en el pueblo Levin se ocupaba en una empresa que le apasionaba. Ella no comprendÃa aquellas actividades de su esposo ni querÃa comprenderlas, pero no por esto dejaba de considerarlas importantes; y como sabÃa que ellas exigirÃan su presencia en el pueblo, el deseo de Kitty era ir, no al extranjero donde nada tenÃan que hacer, sino a la casa de su futura residencia.
Tal decisión, expresada muy concretamente, extrañó a Levin. Pero, como le daba igual marchar a un sitio que a otro, pidió inmediatamente a Oblonsky, cual si éste tuviera tal obligación, que fuese al pueblo y lo arreglase todo como mejor le pareciera y con aquel buen gusto que era natural en él.
–Oye –dijo Esteban Arkadievich a Levin, al volver del pueblo donde lo dejó dispuesto todo para la llegada de los recién casados–, ¿tienes el certificado de confesión y comunión?
–No. ¿Porqué?
–Porque sin él no puedes casarte.
–¡Caramba! –exclamó Levin–. Pues hace nueve años que no comulgo. No habÃa pensado en eso.
–¡Bueno estás tú! –exclamó, riendo Oblonsky–. ¡Y me acusas a mà de nihilista! Esto no puede quedar asÃ. Tienes que confesar y comulgar.
–¡Pero si sólo quedan cuatro dÃas!