Ana Karenina
Ana Karenina Así, cuando Levin se marchó inesperadamente, la Princesa se alegró y dijo, con aire de triunfo, a su marido:
–¿Ves como yo tenía razón?
Cuando Vronsky hizo su aparición, se alegró más aún, y se afirmo en su opinión de que Kitty debía hacer, no ya un matrimonio bueno, sino brillante.
Para la madre, no existía punto de comparación entre Levin y Vronsky. No le agradaba Levin por sus opiniones violentas y raras, por su torpeza para desenvolverse en sociedad, motivada, a juicio de ella, por el orgullo. Le disgustaba la vida salvaje, según ella, que el joven llevaba en el pueblo, donde no trataba más que con animales y campesinos.
La contrariaba, sobre todo, que, enamorado de su hija, hubiese estado un mes y medio frecuentando la casa, con el aspecto de un hombre que vacilara, observara y se preguntara si, declarándose, el honor que les haría no sería demasiado grande. ¿No comprendía, acaso, que, puesto que visitaba a una familia donde había una joven casadera, era preciso aclarar las cosas? Y, luego, aquella marcha repentina, sin explicaciones… «Menos mal ––comentaba la madre– que es muy poco atractivo y Kitty –¡claro!– no se enamoró de él.»