Cuentos populares

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En el mejor sitio, resguardado del viento, el polvorista Maximov se hallaba sentado en una barrica fumando en pipa. La actitud, la mirada, y todos los movimientos de este hombre reflejaban la costumbre de mandar y la conciencia de su propio valer, sin hablar ya de la barrica en la que estaba sentado, que constituía durante los descansos el emblema del poder, ni de su pelliza revestida de buena tela. Cuando me acerqué, Maximov movió la cabeza, pero sus ojos continuaban fijos en la llama y sólo mucho después su mirada, siguiendo la dirección de su cabeza, se fijó en mí. Maximov era hijo de campesinos propietarios, tenía dinero y había seguido un curso en la escuela de la brigada, adquiriendo conocimientos. Era muy rico y muy erudito, como decían los soldados. Recuerdo que una vez en un ejercicio práctico de tiro explicó, con el cuadrante en la mano, a los soldados que se habían reunido en torno suyo, que el nivel no es más que el resultado del movimiento atmosférico del mercurio. En realidad, Maximov no era tonto y conocía perfectamente su obligación; pero tenía la extraña costumbre de hablar, en ocasiones a propósito, de forma que nadie pudiera comprenderle y estoy seguro de que tampoco él comprendía sus propios términos. Le gustaban particularmente, las palabras «resulta» y «prosiguiendo», y cuando las decía, ya sabía yo de antemano que no podría comprender nada. En cambio, según pude observar, a los soldados les gustaba oír estas palabras. Se imaginaban que tenían un profundo sentido, aunque, lo mismo que yo, no comprendían nada; atribuían esta falta de comprensión a su propia estupidez y, por tanto, respetaban más a Fiador Maximovich. En una palabra, Maximov era un autoritario diplomático.


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