Cuentos populares
Cuentos populares El tercer soldado, que se hallaba en cuclillas junto a la hoguera, era el conductor de artillería Chikin. Tenía cara de pájaro, un bigotillo erizado y sostenía en la boca una pipa de porcelana. El simpático Chikin, como le llamaban los soldados, era bromista. Tanto con una gran helada, como con barro hasta la rodilla, sin haber comido nada durante dos días, estando de expedición, pasando revista o haciendo prácticas, el buen hombre hacía muecas, piruetas, y gastaba tales bromas que todo el destacamento se moría de risa. Durante los descansos o en el campamento, a Chikin lo rodeaba siempre un grupo de soldados jóvenes con los que jugaba una partida de filka (juego de cartas), o a los que contaba anécdotas de un soldado astuto y de un milord inglés. A veces imitaba a un tártaro, a un alemán, o, simplemente, hacía observaciones que producían la hilaridad general. Su reputación de hombre divertido estaba tan consolidada en la batería, que le bastaba abrir la boca o guiñar un ojo para suscitar una carcajada general; pero no dejaba de tener mucha comicidad espontánea. En todo veía algo particular, algo que a los demás ni siquiera se les ocurría, y la capacidad de observar la parte ridícula no cedía con ningún sufrimiento.