Cuentos populares
Cuentos populares —Ya se sabe cómo lo hacía. Me preguntaban cómo vivíamos y yo les decía que muy bien —empezó diciendo Chikin con el aire y la volubilidad del hombre que ha contado varias veces lo mismo—. Nos dan muy bien de comer; por las mañanas y por las noches cada soldado recibe una taza de chocolate; a la hora de comer, una sopa de cebada perlada, lo mismo que los señores, y, en lugar de vodka, una copa de vino de Madera, que, sin contar el caso, vale cuarenta y dos copecks.
—¡Valiente madera! —exclamó Velenchuk lanzando una carcajada que dominó las de los demás—. ¡Vaya un madera!
—Bueno, ¿y cómo describías a los asiáticos? —continuó preguntando Maximov cuando la risa general se hubo calmado un poco.
Chikin se inclinó hacia la llama, sacó una brasa por medio de una ramita y la puso en la pipa. Como si no se diera cuenta de la curiosidad silenciosa, llena de excitación, del auditorio, encendió en silencio y con gran calma el tabaco. Después arrojó la brasa, se echó hacia atrás la gorra y, fumando y sonriendo ligeramente, continuó: