Cuentos populares
Cuentos populares A cada vergajazo, el tártaro se volvÃa con expresión de dolor y de asombro hacia el lado de donde provenÃa, repitiendo unas palabras y enseñando sus dientes blancos. Cuando estuvo más cerca, pude distinguirlas. Exclamaba sollozando: «¡Hermanos, tened compasión!, ¡Hermanos, tened compasión!». Pero sus hermanos no se apiadaban de él. Cuando la comitiva llegó a la altura en que me encontraba, el soldado que estaba frente a mà dio un paso con gran decisión y, blandiendo con energÃa el vergajo, que silbó, lo dejó caer sobre la espalda del tártaro. Éste se echó hacia delante, pero los soldados lo retuvieron y recibió un golpe igual desde el otro lado. De nuevo llovieron los vergajos, ora desde la derecha, ora desde la izquierda… El coronel seguÃa andando, a ratos miraba a la vÃctima, a ratos bajo sus propios pies; aspiraba el aire y lo expelÃa, despacio, por encima de su labio inferior. Cuando hubieron pasado, vislumbré la espalda de la vÃctima entre la fila de soldados. La tenÃa magullada, húmeda y tan roja que me resistà a creer que pudiera ser la espalda de un hombre.
—¡Oh Dios mÃo! —pronunció el herrero.