Cuentos populares

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«No —me dije, involuntariamente—; no tienes derecho a compadecerlo ni de indignarte contra el bienestar del lord. ¿Quién ha sopesado la felicidad que se oculta en el alma de cada uno de estos hombres? Ahí está el pobre cantor, sentado en algún umbral sucio, contemplando el cielo y la luna, cantando alegremente, en esta noche fragante y serena, sin que su alma esté turbada por reproches, odios ni remordimientos. ¿Quién sabe lo que sucede en el alma de los hombres que se encuentran entre estas altas y lujosas paredes? ¿Quién sabe si tienen esa alegría inconsciente y dulce de la vida, esa afinidad con el universo, que posee el alma del hombrecillo? Es infinita la bondad y la sabiduría de Aquel que ha dispuesto que existan todas estas contradicciones. Sólo a ti, gusano insignificante, que tratas de penetrar, ilegalmente y con osadía, sus leyes y sus intenciones, sólo a ti te parecen contradicciones. Desde su luminosa e inconmensurable altura, El mira dulcemente, alegrándose de la armonía en que os movéis todos, eterna y contradictoriamente. Tú, con tu orgullo, pensabas escapar a las leyes generales, Pero no; tú también, con tu mezquina indignación contra los camareros, tú también has respondido a las exigencias de la armonía de lo eterno y de lo infinito…».

18 de julio de 1857.


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