Cuentos populares

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—¡Vamos, hombre, qué estás diciendo! ¿No puedes conseguir un hacha y marcharte cualquier mañana de éstas, de madrugada, al bosque? ¡Aunque no fuera más que de fresno! De otro modo, los vigilantes son unos canallas, no sacian nunca su sed de vodka. Te lo digo por experiencia. El otro día quebré un balancín. Bueno, pues corté un árbol y a los pocos días había tallado uno nuevo, admirable.

Te juro que nadie me dijo nada.

Apuntaba apenas la aurora del día siguiente, cuando Serioga terció el hacha y se encaminó hacia el bosque. Un velo tenue de rocío no iluminado aún por el sol se extendía sobre la tierra.

Insensiblemente, casi, fue acercándose al Oriente, y su luz lejana invadía más y más el firmamento cubierto de nubecillas transparentes. Ni una hoja de árbol, ni siquiera el césped, se movía. Rara vez se oían alas en la espesura de la fronda. Una y otra rompía el silencio.

Repentinamente, un ruido extraño a la naturaleza se propagó y fue a morir a los lindes de la soledad.

Volvió a sonar, uniforme, sobre el tronco de uno de los árboles inmóviles. Una copa vibró de un modo extraordinario; su follaje, grávido de savia, murmuró no sé qué secreto, y la curruca que allí se guarecía cambió dos veces de lugar, lanzó un silbido, y tras de sacudir la cola fue a refugiarse en otro árbol.


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