Cuentos populares
Cuentos populares Siempre experimenté cierto malestar al hallarme en presencia de una mujer en traje de corte, de una joven del pueblo con pañuelo rojo y traje endomingado, y de una señorita vestida para un baile. Y eso es todavÃa más terrible para mà hoy dÃa. Veo en todo ello un peligro para los hombres, algo, en fin, contrario a la Naturaleza, y siento deseos de empezar a gritar llamando a la policÃa para alejar ese peligro: para hacer que aparten de mi vista un objeto dañino.
¡Y no me rÃo! Estoy seguro de que ha de llegar un dÃa, que quizás no esté muy lejano, en que se preguntarán con asombro cómo pudo haber un tiempo en que se permitÃan acciones capaces de producir tanto trastorno, turbando la tranquilidad de la sociedad, como lo consiguen las mujeres por medio de la excitación de los sentidos y los adornos con que engalanan su cuerpo. Es como si en los paseos públicos se pusiesen cepos por donde han de pasar los hombres, ¡y tal esto no serÃa tan peligroso como aquello!
—¿Por qué —pregunto— prohibir los juegos de azar y permitir que las mujeres aparezcan medio desnudas en público, por más que esto sea mil veces más inmoral que el juego? ¡Qué extraña manera de juzgar las cosas!