Cuentos populares
Cuentos populares Su mujer estaba preocupadÃsima y no sabÃa ni qué pensar. Sus hijos eran de corta edad, y el más pequeño, de pecho. Se dirigió con todos ellos a la ciudad en que Aksenov se hallaba detenido. Al principio, no le permitieron verlo; pero, tras muchas súplicas, los jefes de la prisión lo llevaron a su presencia. Al verlo vestido de presidiario y encadenado, la pobre mujer se desplomó y tardó mucho en recobrarse. Después, con los niños en torno suyo, se sentó junto a él, lo puso al tanto de los pormenores de la casa y le hizo algunas preguntas. Aksenov relató a su vez, con todo detalle, lo que le habÃa ocurrido.
—¿Qué pasará ahora? —preguntó la mujer.
—Hay que pedir clemencia al zar. No es posible que perezca un hombre inocente.
La mujer le explicó que habÃa hecho una instancia; pero que no habÃa llegado a manos del zar.
—No en vano soñé que se te habÃa vuelto el pelo blanco, ¿te acuerdas? Has encanecido de verdad. No debiste hacer ese viaje —exclamó ella; y, luego, acariciando la cabeza de su marido, añadió—: Mi querido Vania, dime la verdad, ¿fuiste tú?
—¿Eres capaz de pensar que he sido yo? —exclamó Aksenov; y, cubriéndose la cara con las manos, rompió a llorar.