Cuentos populares
Cuentos populares —¡Algo natural! ¡Instintivo! No hay nada de eso. He llegado a convencerme de lo contrario, permitidme que os lo diga, y yo, hombre corrompido, libertino, entiendo que es contra naturaleza. ¡Y cuánto más arraigada no estarÃa esta convicción en mi ánimo si no estuviese tan pervertido! Es un acto contra la naturaleza para toda joven pura, igual que para un niño. Una hermana mÃa se casó, siendo muy joven, con un hombre que tenÃa doble edad que ella y que hasta entonces habÃa llevado la vida propia de los libertinos, y recuerdo cuán grande fue nuestro asombro al ver que le abandonaba durante la noche de la bodas y que, pálida y temblorosa, nos dijo que por nada del mundo podrÃa contarnos lo que exigÃan de ella. ¿Y llamáis natural a esto? Comer sà que es natural; comer es una satisfacción, una función agradable que puede llevarse a cabo sin que uno se avergüence, y en cuanto al otro acto, no hay más que repugnancia, vergüenza y dolor. No, no es natural, y adquirà la convicción de que una joven lo teme siempre. Una muchacha joven y pura desea hijos; hijos, sÃ, pero un hombre, no.
—Entonces —observé con mucho asombro—; ¿cómo perpetuar el género humano?
—¿Y acaso es necesario perpetuarlo? —replicó con brusquedad.
—Sin duda, porque de otro modo no existirÃamos.
—¿Y para qué hace falta que existamos?