Cuentos populares

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Llamemos a las cosas por su nombre. ¿Cuáles fueron las primeras señales de mi amor? El abandono completo a mis instintos, sin delicadeza, sin orgullo y sin tener ni siquiera en cuenta lo que podía pasar en el ánimo de mi esposa… No se me ocurrió pensar en su vida física ni en su vida moral; no comprendí tampoco de dónde provenían sus frialdades, cuando con poco trabajo lo habría adivinado, pues no eran nada más que otras tantas protestas del alma contra la bestia que amenazaba convertirse en señora absoluta. Ese rencor, ese odio era el que experimentan y divide a dos cómplices de un crimen premeditado y cometido en común. ¿No era por, ventura un crimen la continuación de nuestras relaciones deshonestas, desde el primer mes en que ella estuvo encinta?

¿Crees que me estoy yendo por las ramas? Nada de eso. Todo esto es necesario para explicarle cómo llegué a cometer el asesinato de mi mujer. ¡Imbéciles! ¡Se creen que la maté el 5 de octubre con un cuchillo! Fue antes, mucho antes, cuando lo hice, lo mismo que todos, sí, al igual que todos asesinan hoy a sus esposas. Bien sabe que la idea más generalizada que circula por el mundo es la de que la mujer no es ni más ni menos que un objeto, origen de placeres para el hombre y viceversa. Lo supongo, porque no sé nada, y no hablo más que de mi propia experiencia. «El vino, las mujeres y las canciones», dicen los poetas.


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