Cuentos populares

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XVIII

—Nos establecimos en la capital, donde la existencia es más soportable para los desgraciados y donde se puede llegar a los cien años sin darse cuenta de que está uno muerto y podrido desde que tiene uso de razón. Entre aquel movimiento no se tiene tiempo para pensar en uno mismo y las ocupaciones absorben el tiempo por completo; los negocios, las relaciones, las enfermedades, los placeres que produce el arte, la salud y la educación de los hijos no dejan tiempo para nada. Se reciben visitas y se hacen a diestro y siniestro; se va a ver actuar tal o cual actor o a escuchar a una cantante. En toda ciudad importante hay tres o cuatro celebridades a las que hay que conocer a la fuerza. Tan pronto le interesa a uno su propia salud como la de fulano o zutano o la de los artistas, profesores, gobernantes… y sin embargo la vida es mala, vacía, desprovista de interés. Vivíamos mejor así y sufríamos menos que con la vida de antes. Al principio nos preocupó y nos entretuvo mucho, naturalmente, nuestra nueva instalación y nueva vida. Además, nos quedaba el recurso de los viajes de la ciudad al campo y del campo a la ciudad.




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