Cuentos populares
Cuentos populares —Sà —añadió después de encender un cigarro—; desde que dejó de concebir, empezó a redondearse y su malestar o enfermedad, producida por las inquietudes que le inspiraban los hijos, se desvaneció. El hecho más importante no consistió en la desaparición de esa enfermedad, sino en que se despertó como de un sueño lánguido, viendo un mundo lleno de alegrÃas sin número. Vio un mundo para ella desconocido hasta entonces y en el que no la habÃan enseñado a vivir, y por tanto no lo comprendió. «Hay que aprovecharse gozando del presente, porque el tiempo pasa y no vuelve más». He aquà cuáles eran sus pensamientos o, mejor dicho, sus sentimientos. Aparte de que no podÃa pensar ni sentir de otra manera. En su educación le habÃan inculcado la idea de que aquà abajo no hay más que una cosa que sea digna de atención: el amor. Se casó, gustó un poco de ese amor, pero mucho menos de lo que se figuraba, y ¡cuántas decepciones! ¡Cuántos sufrimientos! ¡Y luego ese martirio inesperado, los hijos! Ese martirio la habÃa dejado extenuada, y gracias a la amabilidad de los señores médicos, supo un dÃa que la mujer puede pasarlo perfectamente sin hijos. Esta noticia le causó una alegrÃa muy grande, que fue en aumento con la práctica del consejo y siguió viviendo para la única cosa que habÃa conocido, para el amor; pero el amor hacia un marido que tenÃa celos y que a veces le daba pruebas de mal carácter, no era un ideal. Soñaba con otra ternura más pura, o al menos eso era lo que yo me figuraba. Estaba al acecho, miraba a todas partes como si hubiera estado esperando alguna cosa; lo observé, y una ansiedad muy grande y una tristeza profunda se apoderaron de mÃ.