Cuentos populares

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En cuanto a mí, durante la velada no hice más que fingir, y caí en mi propio fingimiento aparentando que no me interesaba nada más que la música, cuando en realidad me torturaban los celos; pues desde el primer momento en que se cruzaron sus miradas, comprendí él que no la contemplaba como a una mujer de aspecto desagradable, con la cual repugna entablar íntimas relaciones. Si mi alma hubiese sido pura, no habría escudriñado sus pensamientos, pero como yo obraba del mismo modo con las demás mujeres, comprendí lo que le pasaba, y al comprenderlo sufrí de una manera horrorosa. Lo que me hacía sufrir más era que yo tenía la seguridad de que mi mujer no tenía para mí más que un sentimiento de odio, interrumpido de vez en cuando por momentos de sensualidad. Aparte de esto, veía que aquel hombre debía de serle agradable por sus modales elegantes, por la novedad, su innegable talento musical, la mayor intimidad que imponían aquellos dúos y la impresión que produce la música, el violín sobre todo, en las naturalezas sensibles. No sólo le sería agradable, sino que además la debía de subyugar sin ningún esfuerzo y hacer de ella lo que quisiese. No era posible cerrar los ojos ante esa evidencia, ni dejar de comprenderlo así, sufriendo y experimentando las horribles torturas de los celos. Sí, estaba celoso, y sufría de una manera tal que no era posible encontrar palabras para decirlo. Y, sin embargo, quizá por eso, una fuerza invencible me obligaba a mostrarme cortés y hasta amable con aquel hombre. No sé si yo obraba de esta manera para darle a entender a mi esposa que no la temía o para engañarme a mí mismo. Para ahogar los deseos que a veces experimentaba de matarle, me veía obligado a mostrarme muy atento con él. En la mesa le escanciaba el vino o el licor, me mostraba asombrado de su método para tocar el violín y le hablaba de la manera más amable del mundo; luego le convidaba para que volviese el domingo siguiente en el que invitaría a algunos amigos más, que eran también aficionados, a fin de que le oyesen, y luego se despedía de nosotros.


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