Cuentos populares

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Mi silencio, que duró algunos minutos, les molestó indudablemente. Me parecía a una botella vuelta al revés, de la que el agua no se escapa porque está demasiado llena. Quería arrojarle a la cara alguna frase ofensiva, echarle de allí, pero no hice nada; al contrario, me sentí culpable por haberlos estorbado. Fingí que lo aprobaba todo, y ese sentimiento que me dominaba me llevó hasta el extremo de mostrarme muy amable con él, a pesar del martirio que me causaba su presencia. Le contesté que nadie mejor que él para elegir, y que mi mujer, si quería seguir mi consejo, obraría de la misma manera, Permaneció allí el tiempo necesario para borrar la mala impresión que causó mi llegada brusca y mi rostro trastornado. Luego se marchó muy satisfecho, al parecer, con las decisiones tomadas para el día siguiente. En cuanto a mí, tenía la convicción de que todo lo que se refería a la música, estaba subordinado a otras preocupaciones que les atormentaban. Le acompañé hasta el vestíbulo dando muestras de gran cortesía —¡cómo puede dejarse de acompañar a un hombre que se presenta en vuestra casa para turbar la paz de la familia y aniquilarla para siempre!— y estreché con afectuosa amabilidad su mano blanca y bien cuidada.




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