Cuentos populares
Cuentos populares —Acaso una mujer honrada, —me dijo—, puede experimentar por ese tipo otra cosa más que la satisfacción de que la acompañe con el violÃn? Si te empeñas en ello, estoy dispuesta a no volverle a ver más en mi vida, ni siquiera el domingo, por más que ya se hayan repartido las invitaciones. EnvÃale una carta diciéndole que estoy enferma, y todo queda arreglado. Lo único que me enoja es que hayas podido considerarlo peligroso. Me hiere el orgullo, semejante idea. No mentÃa; creÃa realmente en lo que decÃa. Confiaba en que esas palabras harÃan nacer en mi corazón desdén hacÃa aquel hombre, pero no lo consiguió. Todo estaba en contra suya, hasta aquella condenada música. De este modo acabó la disputa, y el domingo se presentaron nuestros convidados, ante los que Troukhatchevsky y mi mujer tocaron una vez más.