Cuentos populares
Cuentos populares En la China la música es monopolio del gobierno, y eso mismo debería suceder en todas partes. ¿Acaso debería permitirse que una persona sola pudiese hipnotizar a las demás y obtener en seguida todo lo que quisiera? ¿Debería consentirse que ese encantador sea el primero que llegue, un ser inmoral cualquiera? Hoy la música es un arma terrible en manos de algunos… Esa Sonata a Kreutzer, ese presto, y hay muchos que se le parecen, ¿por qué se ha de tocar en sociedad cuando se tiene a su alrededor damas más o menos escotadas y aplaudirlo para en seguida pasar a otra cosa? Convendría no tocar esas obras musicales más que en ciertas ocasiones importantes, es decir, cuando se quieren provocar acciones que estén en relación con el carácter de esa música; pero es muy peligroso y pernicioso en un grado heroico, suscitar sentimientos que no pueden ni deben traducirse en nada. La música ha producido en mí una impresión extraordinaria. Me parece, cuando la oigo, que me dominan nuevos sentimientos y que poseo un poder que desconocía. «Sí, esto es así y no como he visto y oído hasta ahora; sí, así,» me decía una voz desconocida en el fondo de mi alma. Sin darme cuenta de ese nuevo estado de mi alma que se revelaba en mí, me sentía muy satisfecho. En ese estado no cabían los celos y veía a los hombres bajo otro aspecto, pues la música me transportaba a un mundo en que los celos no se conocían. Los celos, con todo su acompañamiento, me parecía que eran otras tantas probabilidades que no merecen el trabajo de preocuparse por ellos.