Cuentos populares
Cuentos populares —¡Qué miedo tuve, en aquel vagón! Se apoderó de mà el terror y me senté, proponiéndome pensar en otra cosa, en la conversación sostenida con el posadero en cuya casa habÃa tomado el té; luego se presentaba a mis ojos el portero con su barbaza y su nietecito, que tenÃa la misma edad de mi hijo Vassia. ¡Vassia, hijo mÃo! ¡Habrás visto al violinista abrazar a tu madre! ¿Qué pensará tu almita inocente? ¡Y qué le importa a ella, si le ama! Y vuelta a empezar el desfile de aquellas imágenes. Sufrà tanto, que llegó un momento en que ya no supe qué hacer. De pronto se me ocurrió una idea que me produjo gran satisfacción, la de arrojarme bajo las ruedas del tren y acabar de una vez. Una cosa sola fue la que detuvo la ejecución de mi plan, y fue la lástima que yo mismo me inspiraba, lástima que hizo nacer en mà un odio irreconciliable hacia ellos dos, contra ella sobre todo. Respecto a él, no tenÃa más que un sentimiento extraño de mi humillación y de su victoria, pero a ella la odiaba. ¡No, no querÃa con mi desaparición dejarla libre y dueña de sà misma! Era necesario que sufriese, que se diese cuenta de lo mucho que yo habÃa padecido por su culpa. Al llegar a una estación, observé que algunos viajeros bajaban a beber a la cantina; hice lo mismo y pedà un vaso de aguardiente. A mi lado se encontraba un judÃo que empezó a hablarme, y para no quedarme solo en mi vagón le seguà al suyo, que era de tercera y estaba lleno de humo, sucio y con el suelo cubierto de pepitas de girasol. Me senté a su lado y empezó a contarme historias. Al principio le escuché, pero sin fijarme en lo que decÃa; lo observó e hizo esfuerzos para cautivar mi atención. Entonces me levanté y volvà a mi vagón. QuerÃa meditar y asegurarme de que realmente tenÃa razón para atormentarme de aquel modo. Para estar más sosegado me senté, pero al poco rato voló mi razón, y volvieron a desfilar ante mis ojos las imágenes anteriores. ¡Cuántas y cuántas veces me habÃa torturado ya en pasados accesos de celos, y siempre sin fundamento, por nada! Y sin duda iba a suceder lo mismo aquel dÃa, pues la encontrarÃa descansando. Despertará y será dichosa, y con sus palabras y sus miradas me convenceré de que no ha pasado nada y de que son inquietudes vanas. ¡No; aquello habrÃa sido demasiado bonito! «Con mucha frecuencia ha sucedido asà y, sin embargo, hoy es cosa hecha,» insinuó una voz, y vuelta a empezar mi suplicio.