Cuentos populares
Cuentos populares Él era viejo y ellas eran jóvenes.
Él estaba flaco y ellas estaban gordas.
Él estaba triste y ellas estaban alegres.
Era, pues, un extraño, un ser aparte, que no podía inspirarles sentimiento alguno de compasión.
Los caballos no se compadecen, sino de sí mismos.
Son egoístas.
¿Era culpa del caballo pío no parecerse a ellos y ser viejo, flaco y feo?
Parece que no debiera ser culpa suya, pero la lógica caballuna es muy distinta a la lógica humana.
Todas las culpas eran suyas y toda la razón estaba de parte de aquellos qué eran jóvenes, fuertes y dichosos; de aquéllos ante los cuales se abría el porvenir; de aquellos que podían levantar la cola en forma de penacho y cuyos músculos se estremecían al contacto de la menor cosa.
En sus momentos de calma, quizás creyese el caballo pío que era objeto de una injusticia, que su vida llegaba a su término, y que debía pagar el precio de sus pasados goces; pero no era más que un caballo y no podía dejar de revolverse, en ciertos momentos, contra aquella juventud que le infligía castigos por lo que a ella misma le habría de suceder andando el tiempo.
Otra causa de la crueldad de aquella juventud, era sus humos aristocráticos que tenía.