Cuentos populares
Cuentos populares Durante un momento me quedé en pie al lado de la puerta, con el puñal oculto tras la espalda. De pronto y con un tono de indiferencia por demás ridÃcula en aquellos momentos, dijo el violinista:
—Acabamos de tocar un poco…
—¡Qué sorpresa! —dijo ella en el mismo tono, y no se atrevieron a continuar.
Se apoderó de mà el mismo furor que me habÃa dominado ocho dÃas antes, y experimenté otra vez la irresistible necesidad de dar rienda suelta a la violencia. Experimenté los goces de ese furor y me dejé arrastrar completamente por él. Ambos se callaron al mismo tiempo, dando de este modo ellos mismos un mentÃs a sus palabras. Me arrojé sobre ella, ocultando todavÃa el puñal para elegir mejor el sitio en el que habÃa de herirla. Él observó mi movimiento y, lo que yo no me esperaba de su parte, se arrojó sobre mÃ, y cogiéndome del brazo, empezó a gritar:
—¡Cálmese, por Dios! ¡Socorro, socorro!