Cuentos populares
Cuentos populares QuerÃa e iba a salir a perseguirlo, pero estaba descalzo y habrÃa sido muy grotesco perseguir en ese estado al amante de mi mujer; querÃa ser temible, pero no ridÃculo. A pesar de mi extremado furor me preocupaba aún la impresión que mi aspecto pudiera producir en los demás. Era algo que siempre habÃa tenido en cuenta. Me volvà hacia mi mujer y vi que habÃa caÃdo en el sofá y que, llevándose la mano a la parte contusionada del rostro, se fijaba en mÃ. Su mirada expresaba miedo y odio; la mirada que echa el ratón a quien va a buscarlo a la ratonera en la que ha quedado atrapado. A lo menos yo no supe ver en ella más que ese miedo y ese odio que provocaba su amor a otro. Tal vez no habrÃa pasado nada si hubiese intentado marcharse; pero de pronto habló, tratando al mismo tiempo de sujetar la mano en la que tenÃa yo el puñal:
—Vamos, sé razonable; ¿qué es lo que quieres hacer? ¿Qué es lo que tienes? ¡Te juro que no hay nada! ¡Nada!
HabrÃa vacilado aún, pero esas palabras, tras las que adornaba la mentira y que me probaban lo contrario de lo que querÃa decirme, merecÃan una respuesta, y ésta tenÃa que ser necesariamente acorde a ese furor que iba en aumento. El furor tiene también sus leyes.
—¡No mientas, miserable! ¡No mientas! —grité, asiendo sus dos muñecas con mi mano izquierda.