Cuentos populares

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En cuanto hubieron enterrado a su suegro, se quitó las vestiduras de zar y las dio a su mujer para que las guardara en el arca. Se puso otra vez su camisa de cáñamo, sus anchos calzones, sus lapti, y volvió a trabajar.

—¡Me aburro! —dijo—. Mi barriga crece, y no tengo apetito ni sueño.

Y mandó venir a sus padres a su antigua isba con su hermana muda, y se puso a trabajar otra vez.

Y cuando le decía:

—¡Pero, si tú eres un Zar!

—¿Y eso qué importa? —contestaba— ¡También los Zares necesitan comer!

Su ministro fue a encontrarle:

—No tenemos dinero para pagar a los funcionarios.

—Pues si no hay —repuso Iván—, no les pagues.

—¡Es que se irán!

—¡Que se vayan! Así tendrán tiempo de trabajar. Que saquen el estiércol; demasiado tiempo lo han dejado amontonar sin aprovecharlo.

Fueron a pedir justicia a Iván. Uno se quejaba de que otro le había robado dinero. E Iván dijo:

—¡Será, sin duda, por necesidad!

Y de este modo supieron todos que Iván era un imbécil.


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