Cuentos populares
Cuentos populares Los soldados ocuparon otro pueblo y acaeció otro tanto. Asà marcharon un dÃa y otro dÃa y por todas partes sucedÃa lo mismo; se lo daban todo, nadie se defendÃa, y hasta los mismos del pueblo les invitaban a quedarse con ellos.
—Si, queridos amigos —les decÃan—; si vivÃs mal en vuestro paÃs, estableceos aquà para siempre.
Los soldados anduvieron más aún, sin encontrar ejercito ninguno. Por todas partes hallaban gentes que vivÃan a la buena de Dios: se alimentaban de su trabajo y no se defendÃan.
Los soldados acabaron por aburrirse, regresando a casa del Zar Tarakanski para decirle:
—No hay medio de batirse. Llévanos a otra parte para guerrear, porque aquà no hay guerra posible. Tanto valdrÃa cortar manteca.
Tarakanski se enfadó. Dio orden a sus soldados de recorrer todo el reino, asolando aldeas, incendiando casas, quemando los trigales y matando todo el ganado.
—Y si no me obedecéis —rugió—, os haré matar a vosotros.
Los soldados, presos de pánico, cumplieron la despótica orden, y quemaron casas, incendiaron trigales, exterminando los rebaños.
Ni aun asà se defendieron los imbéciles, que no hacÃan otra cosa que llorar: lloraban los ancianos y los niños también.