Cuentos populares
Cuentos populares —Fume, por favor —dijo ella con voz a la vez magnánima y quebrada; y se volvió para hablar con Sokolov del precio de la parcela para la sepultura.
Mientras fumaba, Pyotr Ivanovich le oyó preguntar muy detalladamente por los precios de diversas parcelas y decidir al cabo con cuál de ellas se quedaría. Sokolov salió de la habitación.
—Yo misma me ocupo de todo —dijo ella a Pyotr Ivanovich apartando a un lado los álbumes que había en la mesa. Y al notar que con la ceniza del cigarrillo esa mesa corría peligro le alargó al momento un cenicero al par que decía—: Considero que es afectación decir que la pena me impide ocuparme de asuntos prácticos. Al contrario, si algo puede… no digo consolarme, sino distraerme, es lo concerniente a él.
Volvió a sacar el pañuelo como si estuviera a punto de llorar, pero de pronto, como sobreponiéndose, se sacudió y empezó a hablar con calma:
—Hay algo, sin embargo, de que quiero hablarle.
Pyotr Ivanovich se inclinó, pero sin permitir que se amotinasen los muelles de la otomana, que ya habían empezado a vibrar bajo su cuerpo.
—En estos últimos días ha sufrido terriblemente.
—¿De veras? —preguntó Pyotr Ivanovich.