Cuentos populares
Cuentos populares «¡No, no se puede vivir así!» —se dijo, y levantándose de un salto fue a la mesa, abrió un expediente y empezó a leerlo, pero no pudo seguir. Abrió la puerta y entró en el salón. La puerta que daba a la sala estaba abierta. Se acercó a ella de puntillas y se puso a escuchar.
—No. Tú exageras —decía Praskovya Fyodorovna.
—¿Cómo que exagero? ¿Es que no ves que es un muerto? Mírale los ojos… no hay luz en ellos. ¿Pero qué es lo que tiene?
—Nadie lo sabe. Nikolayev (que era otro médico) dijo algo, pero no sé lo que es. Y Leschetitski (otro galeno famoso) dijo lo contrario…
Ivan Ilich se apartó de allí, fue a su habitación, se acostó y se puso a pensar: «El riñón, un riñón flotante». Recordó todo lo que habían dicho los médicos: cómo se desprende el riñón y se desplaza de un lado para otro. Y a fuerza de imaginación trató de apresar ese riñón, sujetarlo y dejarlo fijo en un sitio; «y es tan poco —se decía— lo que se necesita para ello. No. Iré una vez más a ver a Pyotr Ivanovich». (Éste era el amigo cuyo amigo era médico). Tiró de la campanilla, pidió el coche y se aprestó a salir.
—¿A dónde vas, Jean? —preguntó su mujer con expresión especialmente triste y acento insólitamente bondadoso.