Cuentos populares
Cuentos populares Su esposa salió y volvió con una bujÃa. Él seguÃa acostado boca arriba, respirando con rapidez y esfuerzo como quien acaba de correr un buen trecho y levantando con fijeza los ojos hacia ella.
—¿Qué te pasa, Jean?
—Na… da. La he de… rri… bado. (¿Para qué hablar de ello? No lo comprenderá —pensó).
Y, en verdad, ella no comprendÃa. Levantó la mesilla de noche, encendió la bujÃa de él y salió de prisa porque otro visitante se despedÃa. Cuando volvió, él seguÃa tumbado de espaldas, mirando el techo.
—¿Qué te pasa? ¿Estás peor?
—SÃ.
Ella sacudió la cabeza y se sentó.
—¿Sabes, Jean? Me parece que debes pedir a Leschetitski que venga a verte aquÃ.
Ello significaba solicitar la visita del médico famoso sin cuidarse de los gastos. Él sonrió maliciosamente y dijo: «No». Ella permaneció sentada un ratito más y luego se acercó a él y le dio un beso en la frente.
Mientras ella le besaba, él la aborrecÃa de todo corazón; y tuvo que hacer un esfuerzo para no apartarla de un empujón.
—Buenas noches. Dios quiera que duermas.
—SÃ.