Cuentos populares
Cuentos populares «Arrojó coléricamente el heno a través de los hierros, y cuando traté de colocar el morro sobre su espalda me dio un puñetazo con tal fuerza, que retrocedà espantado: pero no se contentó con aquello, sino que me dio, además, un puntapié en el vientre, murmurando:
«—Si no hubiera sido por este feo sarnoso, no me hubiera hecho nada.
«—¿Qué te ha pasado? —le preguntó su camarada.
«—Que casi nunca viene a ver los caballos del conde. Pero, en cambio, le hace al suyo dos visitas todos los dÃas.
«—¿Le han dado, acaso, el caballo pÃo?
«—Yo no sé si se lo han vendido o se lo han regalado; no sé nada. Lo que sé es que podré dejar morir de hambre a todos los caballos del conde y no me dirá nada; pero como le falte cualquier cosa a su potro, ya puedo echarme en remojo. Túmbate, me dijo, y me vapuleó de lo lindo. Te digo que eso no es cristiano. ¡Compadecerse de una bestia más que de un hombre! ¡Cualquiera dirÃa que no está bautizado! Y contaba por si mismo los golpes. Nunca ha pegado tanto el general. Tengo la espalda hecha una pura llaga. Decididamente, ese hombre no tiene alma de cristiano.