Cuentos populares

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VIII

Era por la mañana. Sabía que era por la mañana sólo porque Gerasim se había ido y el lacayo Pyotr había entrado, apagado las bujías, descorrido una de las cortinas y empezado a poner orden en la habitación sin hacer ruido. Nada importaba que fuera mañana o tarde, viernes o domingo, ya que era siempre igual: el dolor acerado, torturante, que no cesaba un momento; la conciencia de una vida que se escapaba inexorablemente, pero que no se extinguía; la proximidad de esa horrible y odiosa muerte, única realidad; y siempre esa mentira. ¿Qué significaban días, semanas, horas, en tales circunstancias?

—¿Tomará té el señor? «Necesita que todo se haga debidamente y quiere que los señores tomen su té por la mañana» —pensó Ivan Ilich y sólo dijo:

—No.

—¿No desea el señor pasar al sofá?

«Necesita arreglar la habitación y le estoy estorbando. Yo soy la suciedad y el desorden» —pensaba, y sólo dijo:

—No. Déjame.

El criado siguió removiendo cosas. Ivan Ilich alargó la mano. Pyotr se acercó servicialmente.

—¿Qué desea el señor?

—Mi reloj.

Pyotr cogió el reloj, que estaba al alcance de la mano, y se lo dio a su amo.


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