Cuentos populares
Cuentos populares «SÃ, los estoy atormentando a todos —pensó—. Les tengo lástima, pero será mejor para ellos cuando me muera». QuerÃa decirles eso, pero no tenÃa fuerza bastante para articular las palabras. «¿Pero, en fin de cuentas, para qué hablar? Lo que debo es hacer» —pensó. Con una mirada a su mujer apuntó a su hijo y dijo:
—Llévatelo… me da lástima… de ti también… —Quiso decir asimismo «perdóname», pero dijo «perdido», y sin fuerzas ya para corregirlo hizo un gesto de desdén con la mano, sabiendo que Aquél cuya comprensión era necesaria lo comprenderÃa.
Y de pronto vio claro que lo que le habÃa estado sujetando y no le soltaba le dejaba escapar sin más por ambos lados, por diez lados, por todos los lados. Les tenÃa lástima a todos, era menester hacer algo para no hacerles daño: liberarlos y liberarse de esos sufrimientos. «¡Qué hermoso y qué sencillo! —pensó—. ¿Y el dolor? —se preguntó—. ¿A dónde se ha ido? A ver, dolor, ¿dónde estás?».
Y prestó atención.
«SÃ, aquà está. Bueno, ¿y qué? Que siga ahû. «Y la muerte… ¿dónde está?».
Buscaba su anterior y habitual temor a la muerte y no lo encontraba. «¿Dónde está? ¿Qué muerte?». No habÃa temor alguno porque tampoco habÃa muerte.
En lugar de la muerte habÃa luz.