Cuentos populares

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VIII

Su vida era como sigue. Él se levantaba, como siempre, temprano y se dedicaba a las cuestiones de la hacienda, acudía a la fábrica, allí donde se efectuaba algún trabajo, y a veces salía al campo. Hacía las diez llegaba para tomar el café. Para ello se reunía en la terraza con María Pávlovna, el tío, que vivía con ellos, y Lisa. Después de una conversación, a menudo muy animada, se separaban hasta la comida. Comían a las dos. Y luego daban un paseo a pie o en coche. Por la tarde, cuando él volvía de la oficina, tomaban té, y a veces él leía en voz alta mientras ella se dedicaba a sus labores, o hacían música, o, cuando había invitados, charlaban simplemente. Cuando él se ausentaba para resolver algún asunto, escribía y recibía cartas de ella a diario. A veces ella le acompañaba, y eso resultaba particularmente agradable. Para el santo de él acudían muchos invitados y el agasajado veía con gran placer cómo ella sabía disponer las cosas de modo que todo saliese a pedir de boca. Lo veía y escuchaba los comentarios; todos se mostraban entusiasmados con la joven y simpática dueña de casa, y esto venía a incrementar su amor hacia ella. Las cosas marchaban a pedir de boca. El embarazo se desarrollaba normalmente y ambos, aunque con timidez, empezaban a pensar en cómo criar al niño. Todas estas cuestiones de la educación y la crianza las decidía Evgueni; lo único que ella deseaba era cumplir mansamente la voluntad de su marido. Evgueni leyó muchos libros de medicina con leprosito que el niño fuese cuidado según las reglas de la ciencia. Ella, se comprende, lo aceptaba todo y preparaba la canastilla y la cuna. Así llegó el segundo año de su matrimonio y la segunda primavera.


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