Cuentos populares
Cuentos populares Tenía una carta pendiente y debía redactar cierto documento. Se sentó ante el escritorio y puso manos a la obra. Al terminar, sin acordarse para nada de lo que lo inquietaba, salió a dar una vuelta por la caballeriza. Y de nuevo, como a propósito, por casualidad o deliberadamente, acababa de salir al portal cuando de detrás de la esquina aparecieron la saya roja y el pañuelo rojo, y moviendo los brazos y contoneándose, pasó junto a él. Y no se limitó a pasar, sino que echó a correr, como si jugase, hasta alcanzar a su compañera.
De nuevo la brillante luz del mediodía, las ortigas, la parte trasera de la casa del guarda, su cara sonriente a la sombra de los arces, la boca que mordisqueaba las hojas, surgieron en su imaginación.
«No, esto no se puede dejar así», se dijo, y, en cuanto las mujeres hubieron desaparecido, entró en la oficina.
Era la hora de la comida, y esperaba encontrar al intendente. Así fue. Acababa de despertarse. Se estiraba y bostezaba, mirando al mozo del establo, que le decía algo.
—Vasili Nikoláievich.
—¿Desea algo?
—Quería hablar con usted.
—Estoy a sus órdenes.
—Termine antes.
—¿No serás capaz de traerla?