Cuentos populares

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XIV

Aquel mismo día de la trinidad, después de comer, Lisa, que había salido a dar un paseo por el jardín, al pasar a la pradera, adonde su marido la llevaba para mostrarla la alfalfa, tuvo que saltar una pequeña zanja, dio un traspié y se cayó. La caída no fue violenta, de costado; pero lanzó un grito y él vio en su cara no sólo el susto, sino también el dolor. Quiso ayudarla a levantarse, pero ella le apartó la mano.

—No, espera un poco, Evgueni —dijo sonriendo débilmente y, según a él se le figuró, confusa—. Es que me he torcido un tobillo y nada más.

—No me canso de decirlo —terció Varvara Alexéievna—. ¿Es que en su estado puede saltar una zanja?

—Pero si no es nada, mamá. Ahora mimo me levanto.

Se puso en pie con la ayuda del marido, pero en aquel mismo instante palideció y en su cara apareció una expresión de susto.

—No me siento bien —y murmuró algo a su madre.

—¡Ay, Dios mío! ¡Lo que habéis hecho! Ya decía yo que no debías salir —gritó Varvara Alexéievna—. Esperad, haré que venga alguien. No debe caminar. Hay que levarla.

—No tengas miedo, Lisa. Yo te llevaré —dijo Evgueni, cogiéndola con el brazo izquierdo—. Abrázate a mi cuello. Así.


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