Cuentos populares

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»Tomaba yo impulso, y rompía la marcha gracioso y arrogante.

»Todos se detenían para vernos pasar. La cocinera, cuando salía para tirar el agua sucia, se interrumpía para mirarnos. Los aldeanos se quedaban con la boca abierta. Nos deteníamos ante la escalinata. Y a veces transcurrían dos o tres horas antes de que bajase el señor. Pasábamos todo aquel espacio de tiempo rodeados por la servidumbre, hablando alegremente y comunicándonos, todas las noticias que habíamos oído. Después, cansados de estar tanto tiempo parados, dábamos una pequeña vuelta y volvíamos a esperar la voluntad o el capricho de nuestro amo. Por fin se oía ruido en la antecámara y el criado Fiskone, vestido de negro, llegaba gritando: “Acercaos”. (En nuestro tiempo no existía aún la estúpida costumbre de decir “Adelante”, como si yo ignorase que no podía irse hacia atrás).

»Teófano se acercaba y nuestro señor llegaba con paso airoso, arrastrando la espada y con la cabeza erguida, aunque cubierta en parte por el cuello del chaquetón y por el chacó.

»Sin prestarnos atención se metía en el trineo y partíamos. Yo le dirigía siempre una mirada de reojo, sacudiendo la cabeza y encorvando graciosamente el cuello.


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