Cuentos populares
Cuentos populares —Yo no puedo dejaros pasar sin el permiso de la señora.
—¿A dónde vais? ¡Ah!…
Abrióse la puerta y en el umbral apareció un hombre de aspecto extraño. Al ver salir al joven, la criada cesó de retenerle y el extraño personaje saludó tÃmidamente, y, tambaleándose en sus corvas piernas, entró en el salón. Era un hombre de mediana estatura, la espalda encorvada y los cabellos largos y en desorden. Llevaba abrigo roto, pantalones estrechos y rotos, botas abiertas y en muy mal estado; una corbata parecida a una cuerda se anudaba en su blanco cuello. Una camisa sucia le salÃa por las mangas, sobre las flacas manos. Pero, a pesar de la extraordinaria magrura de su cuerpo, su cara era blanca y fresca, y un ligero carmÃn coloreaba sus mejillas entre la barba y las patillas negras. Los cabellos en desorden descubrÃan una frente hermosa y pura. Los ojos sombrÃos, cansados, miraban fija y humildemente, y al mismo tiempo con gravedad.
Esta expresión confundÃase de modo agradable con la de sus frescos y arqueados labios, que se percibÃan bajo el escaso bigote.
Dio algunos pasos y se detuvo; volvióse hacia el joven y sonrió. Sonrió con algún esfuerzo, pero cuando esta sonrisa asomó a sus labios, el joven, sin explicarse por qué, sonrió también.