Cuentos populares
Cuentos populares Alberto, sin prestar atención a nadie, iba y venía a lo largo del piano, mientras templaba el violín apretado al hombro. Había plegado los labios en una sonrisa indiferente; los ojos no se le distinguían, pero la estrecha y huesosa espalda, el cuello largo y blanco, las corvas piernas y la abundante cabellera negra, le daban un aspecto extraño. Es difícil explicarlo, pero no tenía nada de ridículo. Después de haber templado el instrumento, se puso en tono y dirigiéndose al pianista que se preparaba a acompañarle.
—Melancolía, en do mayor —le dijo con un gesto imperioso. Y como para pedirle perdón por ese gesto, sonrió dulcemente y con esta sonrisa miraba al público en torno.
Alisándose los cabellos con la mano en que tenía el arco, Alberto se detuvo en el ángulo del piano, y, con un movimiento lento, hizo resbalar el arco por las cuerdas. Un sonido delicado y puro llenó el salón; el silencio era absoluto.