Cuentos populares
Cuentos populares — Estoy muy contento de verle a usted en figura de ángel —le dijo el general alargándole la mano—. Espero que no haya olvidado usted a un antiguo camarada.
El rostro del abad, encarnado y sonriente en el marco de sus canas como aprobando las palabras del general; la cara acicalada y satisfecha de éste, el olor a vino que de su boca se desprendÃa y el olor a tabaco de sus patillas, acabaron con la ecuanimidad del padre Sergio, quien se inclinó una vez más ante el abad y dijo:
— Reverendo padre, ¿ha tenido a bien llamarme? —tanto la expresión de su cara como su actitud añadÃan: ¿para que?
El abad dijo:
— Le he llamado para que se entreviste con el general.
— Reverendo padre, me aparté del mundo para librarme de las tentaciones —replicó palideciendo y con los labios temblorosos—. ¿Por qué me somete usted a ellas aquÃ, durante las horas del rezo y en el templo de Dios?
— Vete, vete —le dijo el abad, irritado y frunciendo el ceño.