Cuentos populares
Cuentos populares Cuando pronunciaba un sermón ante la gente e incluso cuando se limitaba a bendecirla, cuando rezaba impetrando la curación de los enfermos, cuando daba un consejo o alumbraba el camino de una vida, cuando escuchaba las palabras de gratitud de las personas a quienes habÃa curado, según decÃan, o habÃa ayudado con sus palabras, no podÃa evitar el sentirse contento. Tampoco podÃa despreocuparse de las consecuencias de sus actos ni de la influencia que sobre la gente tenÃan. Pensaba que era una llama ardiente, y cuanto más lo creÃa tanto más débil y apagada sentÃa la divina luz de la verdad que en él brillaba. «¿Qué parte va a Dios de lo que yo hago y cuál a los hombres?». Esta cuestión le atormentaba constantemente, y nunca pudo darle una respuesta, o, mejor dicho, nunca se atrevió a dársela. En lo más recóndito de su alma se decÃa que el diablo habÃa trocado su actividad para con Dios en actividad para los hombres. Lo sentÃa de este modo, porque asà como antes le resultaba muy doloroso que lo arrancaran de su soledad, ahora ésta le resultaba penosa. Se sentÃa atraÃdo por los visitantes, que le fatigaban; pero en el fondo del alma su presencia le alegraba, le satisfacÃan las alabanzas de que le hacÃan objeto.