Cuentos populares
Cuentos populares Estaba muy lejano el tiempo en que nadie le hacía compañía y él mismo cuidaba de la limpieza de su celda y se alimentaba exclusivamente de raíces y pan. Hacía ya mucho que, según le habían explicado, no tenía derecho alguno a olvidarse de su salud y le preparaban comidas nutritivas, aunque de ayuno. Se servía poco, pero mucho más que antes. A menudo comía con particular deleite y no como en otro tiempo, con repugnancia y conciencia del pecado. Así lo hizo ese día. Tomó papilla, bebió una taza de té y comió medio trozo de pan blanco.
El hermano lego se retiró y el padre Sergio se quedó completamente solo bajo el olmo.
Era una maravillosa noche de mayo. Los abedules, los álamos blancos, los olmos, los cerezos silvestres y las encinas acaban de revestirse de verdor. Los cerezos silvestres que crecían detrás del olmo estaban floridos, aún no había comenzado a caerles la flor. Los ruiseñores lanzaban al aire sus trinos, uno muy cerquita y otros dos o tres abajo, en los arbustos de las orillas del río. Más allá, a lo lejos, subían al cielo los cánticos de la gente que regresaba del trabajo al término de la jornada. El sol se había escondido detrás del bosque y esparcía sus rayos a través del follaje. Toda esa parte se hallaba envuelta en una luz verdosa. La otra, vista desde el olmo, era oscura. Los escarabajos volaban, chocaban entre sí y caían al suelo.