Cuentos populares

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No se oye más que la voz de Fiodor Filipovich que da órdenes, el chapoteo de las cuerdas sobre el agua y suspiros de horror. Y cada vez se divisan más cerca las cuerdas que salen, cubiertas de hierbas.

—¡Ahora, tirad todos a una! —grita Fiodor Filipovich.

—Hemos debido de pescar algo. La red pesa mucho —dice una voz.

Los dos extremos de la red salen poco a poco sobre la ribera, mojando y magullando la hierba. A través de la superficie del agua agitada, se distingue algo blanco de las redes. En medio del silencio sepulcral, un grito de horror recorre la multitud.

—¡Tirad todos a una! ¡Sacadlo a la orilla! —exclama Fiodor Filipovich, con todo resuelto.

Los hombres llevan al ahogado al pie del sauce, arrastrando las redes por los tallos del lúpulo y de la bardana recién segados.

En eso, veo a mi tía. Es una viejecita de aspecto bondadoso. Lleva un vestido de seda y una sombrilla de color lila que, no se sabe por qué, desentona con esta escena de muerte, terrible por su sencillez. Está a punto de echarse a llorar. Recuerdo su decepción al comprobar que en aquel caso no le serviría para nada el árnica; y también la dolorosa sensación que experimenté cuando me dijo, con ese ingenuo egoísmo, debido al cariño:


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