Cuentos populares

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El príncipe se estremeció de pies a cabeza.

—¿Por qué me atormenta? Su actitud no es hospitalaria.

Alexandra Dimitrievna se puso en pie; y pronunció, enternecida y con la voz dominada por las lágrimas:

—¡Es tan buena y tan digna de lástima!

El príncipe se había levantado y esperaba así a que su cuñada terminase de hablar. Ella le tendió la mano.

—Michel, eso no está bien —murmuró, abandonando la estancia.

Después de esto, Mijail Ivánovich paseó largo rato por la alfombrada habitación, que habían convertido en dormitorio para él; y, haciendo muecas y estremeciéndose, exclamaba: «¡Ay, ay!».

Pero al oír su propia voz se asustaba y volvía a guardar silencio.


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