Cuentos populares

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Mientras el criado iba en busca del dueño, Pierre, empeñado en ayudar a su mujer, arrugó una prenda de vestir y tropezó con un cajón vacío. Para no caer, el decembrista se apoyó en la pared y volvió la cara sonriendo. Natalia Nikolaievna estaba tan atareada que no se dio cuenta de nada, pero Sonia miró a su padre con los ojos risueños. Parecía esperar permiso para echarse a reír. Su padre se lo dio con gusto al lanzar una carcajada tan franca, que todos los presentes, desde su mujer hasta la doncella y los mujiks, rieron también. Esas risas excitaron aún más al anciano. Juzgó que la colocación del diván del cuarto de su mujer y de su hija les resultaría incómoda, a pesar de que ellas sostenían lo contrario y le pedían que se tranquilizara. En el momento en que el anciano iba a cambiar de sitio el diván con ayuda de un mujik, entró en la habitación el dueño del hotel.

—¿Me llamaba usted? —preguntó con expresión grave, mientras sacaba y desdoblaba el pañuelo.

Luego empezó a sonarse, no precisamente en señal de desprecio, aunque sí de indiferencia.

—Sí, querido amigo —dijo Piotr Ivanovich, acercándose—. No sabemos aún el tiempo que hemos de permanecer aquí; mi mujer y yo…

Y el anciano, que tenía debilidad de ver a un prójimo en toda persona, empezó a contar su situación y sus planes.


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