Cuentos populares
Cuentos populares —¡Vaya! ¡Vaya! —contestó MarÃa Ivanovna, amenazándole con un gesto—. No desvÃes la conversación. Ya hablaremos de tus hijos. Sigues tan loco como siempre, lo veo por tus ojos. Ahora te llevarán en hombros, es la moda. Todos vosotros estáis de moda. SÃ, veo por tus ojos que sigues tan loco como antes —repitió al ver la sonrisa de Piotr Ivanovich—. Te ruego, por los clavos de Cristo, que te alejes de esos liberales de hoy dÃa. Dios sabe lo que están tramando. Eso tiene que acabar mal. De momento, el Gobierno se calla, pero al fin tendrá que sacar las uñas; recordarás mis palabras. Tengo miedo de que te veas complicado otra vez. Abandona estas cosas; son tonterÃas, créeme. Tienes que pensar en tus hijos.
—Se ve que ya no me conoce usted, MarÃa Ivanovna.
—Bueno, bueno; ya veremos si soy la que no te conoce o eres tú mismo quien te desconoces. Me he limitado a decirte lo que tenÃa sobre el corazón. Si quieres hacerme caso, me parecerá bien. Hablemos de Serioja. ¿Qué carácter tiene?
Hubiera querido decir: «No me ha gustado mucho», pero se limitó a añadir:
—Se parece a su madre como dos gotas de agua. Sonia me ha encantado… Tiene algo tan agradable, tan abierto, y es tan simpática. ¿Dónde está ahora? ¡Ah!, sÃ. Se me habÃa olvidado.